23/4/16
El incienso en la liturgia y las procesiones: origen, simbolismo y uso religioso
El incienso no es solo un aroma inseparable de la Semana Santa: es también un elemento cargado de historia, simbolismo y sentido litúrgico.
Su presencia en las procesiones y en las celebraciones religiosas no responde únicamente a una cuestión estética o ambiental. Desde hace siglos, el incienso acompaña la oración, expresa reverencia y crea un clima de solemnidad que ayuda a elevar el espíritu.
El incienso en la Antigüedad
El uso del incienso está documentado desde tiempos muy antiguos. Diversos estudios arqueológicos muestran que ya en el Antiguo Egipto era utilizado en contextos religiosos, como reflejan los relieves de los templos de Deir el-Bahari, donde pueden apreciarse escenas vinculadas a su combustión.
Desde hace milenios, por tanto, el incienso ha acompañado la espiritualidad humana y las plegarias dirigidas a la divinidad.
También el pueblo judío lo empleó en sus rituales religiosos, especialmente para perfumar el altar de los sacrificios y presentar una ofrenda de grato olor a Yahvé, tal como aparece en el Antiguo Testamento.
Levítico 6,15
“Uno de ellos tomará un puñado de la flor de harina de la ofrenda, con su aceite y todo el incienso que está sobre la ofrenda, y lo hará arder sobre el altar como un memorial de olor grato al Señor.”
Incluso la Sagrada Escritura compara el ascenso del humo del incienso con la elevación de la oración.
Salmo 141,2
“Suba mi oración delante de Ti como el incienso.”
Los romanos también utilizaron esta resina aromática y nos legaron su nombre, pues incienso procede del latín incendere, que puede traducirse como encender o quemar, y en sentido más simbólico, iluminar.
El incienso en la liturgia cristiana
A partir del siglo IV, la Iglesia fue incorporando el incienso a sus celebraciones como lenguaje simbólico. En los primeros siglos no se había empleado de forma habitual, en parte para evitar cualquier confusión con prácticas cultuales paganas.
Con el tiempo, el incienso quedó plenamente integrado en la liturgia cristiana como signo de reverencia, honor y oración.
Así lo recoge el Ceremoniale episcoporum:
Art. 84
“El rito de incensación expresa reverencia y oración, como se da a entender en el salmo 140,2 y en el Apocalipsis 8,3.”
El mismo ceremonial especifica además algunos de los momentos solemnes en los que su uso resulta ordinario:
Art. 88
“...de ordinario, en las procesiones de la Presentación del Señor, del Domingo de Ramos, de la Misa en la Cena del Señor, de la Vigilia pascual, en la solemnidad del Cuerpo y de la Sangre de Cristo; en la solemne traslación de las reliquias, y en general en las procesiones que se hacen con solemnidad.”
Al ser quemado y aventado, el incienso produce un ambiente profundamente evocador, asociado a la oración, al misterio y a la presencia de lo sagrado.
El incienso en la Semana Santa
En Semana Santa, el incienso ocupa un lugar especialmente relevante tanto en la liturgia como en las procesiones.
Uno de sus momentos más solemnes se vive en los Oficios del Jueves Santo, cuando el Sagrario del Altar Mayor queda vacío y las formas consagradas son trasladadas al lugar de la reserva. La procesión interna que acompaña al Santísimo, presidida por la cruz, las velas y el incienso, forma una de las estampas más intensas de la liturgia de esos días.
Fuera del templo, el incienso adquiere un halo aún mayor de misterio. En las procesiones, llevado por el acólito turiferario en el turíbulo —nombre del incensario, procedente del griego thus, que significa incienso—, el humo envuelve a las imágenes en una atmósfera de solemnidad y recogimiento.
Entonces el incienso no solo perfuma: transforma el espacio. Las calles se llenan de un olor que, para muchos, es inseparable de la memoria religiosa y sentimental de la Semana Santa.
El incienso, llevado en el turíbulo, envuelve las procesiones en una atmósfera de solemnidad y misterio.
El olor a incienso es, para muchos, olor a Semana Santa. Y el balanceo del turíbulo entre nubes de humo sigue siendo una de las estampas más características y sobrecogedoras de las celebraciones religiosas.